jueves, 1 de mayo de 2008

La Oficina del paro.


El lunes fui a sellar el paro. No se por que siguen llamándolo así, ya que ahora te dan un papel nuevo cada vez y no aparece el sello por ninguna parte. Puede que eso carezca del interés general por las cosas cotidianas, pero aquí es todo un mundo. Por lo menos para mí.

Han cambiado la forma de hacerlo desde la ultima vez. Antes valía con acercarse al mostrador donde un hombrecillo con ojos pequeñitos y calva reluciente tipo tonsura franciscana te cogía el carné sin mirarte si quiera (y eso que mira la foto ¿para que? Preguntaras. Pues eso) y el papelito donde pone el día que tienes que ir. Lo pasaba a un ordenador, que la mitad de las veces esta colgado, bloqueado o desayunando (también es un funcionario ¿no?), y si tenias suerte (y el ordenador ya había ido a desayunar) en menos de diez minutos tenias el nuevo papelito (sin el sello) y te podías ir a casa. Pero ahora no.

Siempre me llevo un libro o la Nintendo DS para hacer tiempo si tengo que esperar en algún edificio público, depende de las ganas de leer que tenga o del interés del libro que este leyendo en ese momento. Todo el mundo sabe que a la hora de tramitar cualquier papel con la administración publica el tiempo, tu tiempo, deja de pertenecerte. Como cuando tienes que coger un avión. Desde que cruzas la puerta de embarque el concepto de tiempo, tal como los mortales (que no trabajan para AENA) lo conocemos, cambia. Deja de ser nuestro para pertenecer a los controladores aéreos, las líneas aéreas y los encargados de los equipajes, sobre todo de estos últimos. Cuando salgo de un aeropuerto tengo la sensación de volver al mundo real y al total control de mi vida. Perdida por unas horas en manos de “los malvados hombres grises” (léase Momo).

Volviendo a los libros y la DS.

Si me los llevo, por norma general, no tengo que esperar mucho. Pero el lunes no me llevé nada. Ni consola ni libro ni nada. Hacia mucho calor y no quería cargar con bolsos. Pensé ¿para que si de todas formas ya es hora de haber desayunado? Por lo que, cumpliéndose una de las leyes de Murphy, tuve que esperar. Y mucho. Así que, infeliz de mí, llegué con mi papelito y mi carné y me puse en la cola. Tres o cuatro personas (sin contar a los niños que iban en carrito) con el papelito y el carné en la mano deseando que la cola avanzara aunque solo fuera un paso. Descargaba el peso del cuerpo de una pierna a otra. Si te sientas pierdes la vez. ¿Qué? ¿Qué no? ¿No conocéis a las Marías?

En fin. Que poco a poco la cola da de sí y por fin llego al mostrador, extrañada por que todas las personas que habían pasado por el seguían allí. ¡Me cago en…! El tipo calvito y con ojos pequeños me mira. ¡Me mira! Insólito. Pero no alarga la mano para coger el carné.

_Tienes que pasar por mesa.

_ ¿Por qué? – incrédula

_Tienes que pasar por mesa. - No pillaba la diferencia entre oír y entender. No.

_ Vale.

_Tienes que coger número para pasar por mesa.

¡Venga ya! Llevaba media hora esperando. En ese tiempo como cien personas habían cogido número, ya podrían haber puesto un cartelito o algo, pero no. ¿Para qué?

Cogí número. El 26. Rezando a cualquiera de los dioses que estuvieran conectados mire la pantallita, tipo carnicería, donde aparecía el número que tocaba. 73.


Me llevé, mentalmente, las manos a la cabeza. Ya podía dar por perdida toda la mañana.

Afortunada y sorprendentemente la pantallita paso del 73 al 00 en menos de una hora aproximadamente. Llegar al 26 le llevó casi lo mismo. Aguanté los gritos y las patadas en el bajo de mi asiento de los niños pequeños mientras sus madres hablaban de problemas matrimoniales a plena voz. Como si estuvieran en uno de esos programas tipo “¿crees que tu marido te engaña con la vecina del segundo y no sabes como preguntárselo?”. Así que cuando me tocaba ya estaba más que harta de estar allí y no veía el momento de salir. Por lo que mi paciencia había alcanzado limites mínimos.

Me siento delante de una de las mesas estilo IKEA modelo Bjönrk donde una “señorita que cobra por sonreír” me pregunta mi nombre. Después de los datos puramente informativos me pide el DNI y me larga el papelito nuevo dando por terminada la entrevista. Pero yo, tonta de mi, decido preguntarle por el estado de mi currículo. Ya que estamos. La mirada perdida de la “señorita que cobra por sonreír” me llevó a la conclusión de que había cometido un delito o una falta muy grave. Por un momento pensé que me haría volver a coger un número y esperar otra vez para poder hacerle la pregunta. “Una consulta por vez” creí que me contestaría. Pero no. Afortunadamente se puso a teclear en su ordenador desayunado y me contestó con voz de centralita electrónica.

A continuación una trascripción no del todo literal pero si completamente fidedigna:

_ Su currículo no está actualizado. Debe presentar el título de in-ter-pre-te-del-len-gua-je-de-los-signos (léase silaba por silaba y con lentitud funcionarial). - Toma.

_ Es Intérprete de LENGUA de SIGNOS (no puedo evitar corregir esa expresión). Y no puedo presentarlo por que no lo tengo. (Prestad especial atención a lo subrayado) _ Necesito que quite eso.

_ ¿Cómo?

_ Que lo quite. Todavía no tengo el título por que me falta una asignatura. Yo lo que tengo son niveles de comunicación en Lengua de Signos.

_ ¿Cómo?

_ Que quiero que quite eso. – A estas alturas la paciencia para mi no es una virtud. Es un lujo.

­­_ Pero yo no puedo quitarlo. – si podía, lo que pasaba es que no le daba la gana.

_ Pues se suponía que ya lo habían quitado. – Hace tiempo que tengo este problema. La pega es que si me llaman para trabajar y digo que no, aparte de penalizarme de la manera en que lo haga el INEM, puedo tener otros problemillas. Ya lo intenté quitar una vez y me dijeron que estaba arreglado. Ja.

_ Necesito que me traigas el título para quitarlo. – Es verdad juro que me dijo eso. (Recordad lo subrayado)

_ No tengo el título. – Esta vez lo dije más despacio. _ Si lo tuviera no querría que lo quitara. – Más miradas perdidas seguidas de parpadeos.

_ Vale. – Algunos tecleos y… _ Ya esta quitado.

Ahora la mirada perdida y los parpadeos eran míos, pensando “Esta tía se esta quedando conmigo de mala manera”. Pero ya no podía más. Estaba cansada mental y físicamente. Demasiado para una mañana. Agotador.

Le di las gracias (con paciencia o sin ella siempre intento ser educada) y me fui. Sabiendo que la próxima vez seguramente mi currículo seguiría tal y como estaba antes de la conversación de besugos.

Mientras salía por la puerta hacia cálculos de cuando tendría que volver a esa oficina. Me quedaban tres meses por delante para concienciarme y averiguar como habría que hacer la próxima vez para sellar el paro.

¿Qué ganas tengo de tener un trabajo?



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