viernes, 6 de junio de 2008

De ratones, cocinas y sábanas.




No hace mucho, en casa de mis abuelos, volví a la niñez de una forma harto curiosa.


Estaba en otros escritos a altas horas de la noche, unos de los pocos momentos en que puedo estar sola y escribir con tranquilidad. Cuando de reojo vi a uno de los muchos okupas de la casa de mi abuelo. Me trajo recuerdos de escobas volando a la caza del ratón, de gritos de niños pidiendo que no lo mataran, y me llegó la voz de mi abuela ordenando que cerráramos las puertas para que no se colara a los dormitorios desde el zaguán.


Esta es una casa muy antigua. Creemos que puede tener alrededor de 100 años o más. Cuando mis abuelos se mudaron a Alcalá desde donde vivían, en las viñas de Osuna, ya era vieja.



Al principio era una casa de vecinos. Dos Familias vivían aquí. De la otra familia mi abuela me contaba historias de la mujer, que era más mala que las malas de las telenovelas de mi abuelo. La llamaba "La Gamberra", así que haceos una idea.




Mi familia ocupaba dos habitaciones, donde dormían mis abuelos, mi madre y mis tías, y una cocina donde solo cabía un persona. Aun guardo recuerdos de esa cocina. No sé si por las historias de mi abuela, yo apenas tenia 4 años cuando se reformó la casa, o por que siempre que pienso en esa cocina se me viene a la mente la imagen de mi abuela preparándome la leche antes de ir al colegio.




Mi abuelo compró la casa, que tiene aproximadamente 360 m2, por 250.000 pesetas de las del año 1971. No se cuanto será eso en los precios de ahora, pero por aquel entonces medio kilo de pan costaba mas o menos 1 o 2 pesetas. Y mi abuelo ganaba en 1961, construyendo la plaza de toros de mi pueblo, 60 pesetas al día, con las dos horas extras que echaba para ganarlas enteras. Ya en el 71 cobraba por mes unas 2.000 pesetas. Así que haced vosotros las cuentas contando con las 5 hijas y la mujer a las que tenia que dar de comer. Que no tendría que hacer para alimentar a la familia. He de decir de mi abuelo que es un hombre al que nunca le faltó el trabajo, y que lo que tiene se lo ha ganado con mas sudor y honradez que nadie. Honradez aun teniendo en cuenta los años que estuvo con el estraperlo vendiendo cosas que le traían los americanos, desde tabaco a preservativos. Pero esa es otra historia.


Esta casa, tan grande y tan vieja, a visto crecer a tres generaciones de los Caro. Yo soy una Caro, por mucho que diga mi otro apellido. Me he criado aquí. Y por todos los rincones veo a mi abuela, lavando en la pila de granito, tan vieja como la casa, en el lavadero, tendiendo la ropa en el patio, en la cocina. Sobre todo en la cocina. Recuerdo llegar corriendo del colegio y al entrar por la puerta gritar "tengo hambre" deseando ver que me había hecho para comer.


También me acuerdo de alguna vez, cuando me despertaba todavía de noche, ver desde la puerta del patio a mi abuela a través de la ventana de la nueva cocina preparar la comida que mi abuelo se llevaba al trabajo cuando él todavía estaba durmiendo.


A pesar de que eramos muchos en la casa a la hora de comer y que prácticamente se vivía del sueldo de mi abuelo, nunca nos faltó nada. Los sábados era el día de las lentejas. Los adultos comían en la mesa grande y los niños en una mesita de playa plegable roja, viendo David el Gnomo y buscando los ajos en el plato para echarlos a un lado.

Eran esos tiempos que muchas veces echo de menos. Terminar de comer y entre todos recoger la mesa. Pelearme con mi hermana por ver a quien le tocaba fregar los cubiertos (jeje). Ver a mi abuela coser el embozo de las telas de sábanas que compraba por kilos y hacer un juego diferente para cada cama. Esas sábanas que se guardaban en la vieja cómoda, aun existente en el dormitorio de mis abuelos. Los olores de las sabanas blancas en los cajones que se guardaban con pastillas de jabón de Mistura. Aun hoy conservan ese olor. Ya no se ponen en las camas, las usamos para cubrir los sofás en verano, son mas frescas y suaves. Las recuerdo cubrir el colchón de lana cuando, de pequeña, dormía el en cuarto al lado del de mis abuelos. Hay unas especiales, mis favoritas, tienen margaritas naranjas y amarillas. Todavía están allí.

Todo esto me trajo a la mente ese pobre ratón, así que deje de mirarlo un segundo sabiendo que él esperaba el momento para salir de en medio del comedor sin que yo supiera por donde había salido, son listos los muy jodios...jeje.

Al día siguiente le tuve que decir a mi abuelo que había visto un ratón, compró veneno y un par de ratoneras. En solidaridad me negué a ser yo quien las pusiera y he evitado ver si había caído alguno, no vaya a ser que sea ese el que me trajo tantos recuerdos.

Yo aun gritaría que no lo mataran.